Usando una innovadora técnica de visualización, un equipo de neurocientíficos de la Universidad de California en Irvine (EE.UU.), liderados por Lulu Chen y Christine Gall, ha comprobado que el aprendizaje cotidiano mantiene nuestro cerebro sano y frena los efectos negativos del envejecimiento sobre las neuronas .
La clave, según los investigadores, reside en la producción de una molécula llamada factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) que fomenta el crecimiento de las conexiones ( sinapsis ) que permiten la comunicación entre neuronas, y además es clave para la memoria. Este proceso está ligado a los llamados ritmos theta, que median en la comunicación entre el hipocampo y otras regiones del cerebro , y suponen la activación de numerosas neuronas de manera sincronizada a una frecuencia de entre 3 y 8 veces por segundo.
Los ritmos theta permiten que las sinapsis sean más intensas en áreas cerebrales relacionadas con la memoria. Y además, según Gall, existen “evidencias de que estos ritmos decaen a medida que envejecemos, lo que puede explicar muchos problemas de memoria”. Permanecer mentalmente activos como "eternos aprendices" puede mantener las señales del BDNF a un ritmo constante, haciendo que las neuronas funcionen de manera óptima. Y en edades avanzadas esta actividad permanente “impediría el declive intelectual”, según explica Gall en el último número de la revista PNAS.